Apenas terminó de llover
cuando el perro de la esquina, mojado como pez, echó a correr y marchó lejos.
No quería relatar esta escena fría y melancólica, pero yo era (soy) ese perro. El perro que corrió y corrió, hasta desaparecer del mundo gris. Bueno no, no pude salir del mundo gris, pero al menos me escapé un rato.
Ya eran las tres de la tarde. Durante tres horas llovió sin parar, algo así como un diluvio universal en mi pensamiento. En realidad no sabía (ni sé) si estaba lloviendo en el mundo gris o la lluvia estaba cayendo en mi materia gris.
Mientras corría, visualizaba las calles por donde pasaba. Volvemos a ese toque tan característico del Romanticismo; calles vacías, clima nublado, callejones estrechos, aguas estancadas, algunas personas vagabundas y también algún que otro músico, con acordeón en mano. Parecía un lugar gris, frío. Sólo faltaba un burdel o un fumadero de opio, tal vez las dos cosas en un mismo local.
Como bien decía, las calles eran tan estrechas que ni yo, un pálido y delgado perro, podía pasar entre ellas. Tras varios intentos, pude cruzar varias callejuelas, pero me volvía a chocar con otra, cada vez más estrecha, cada vez más fría, más sucia, más habitual de cucarachas y ratones.
Cada vez me alejaba más de
mi hogar, un hogar oscuro, tan cruel como el que estaba viviendo en aquel
momento. La verdad, no sabía si iba a volver.
Tropecé con el típico ser humano despreciable a más no poder. Yo llevaba mis vaqueros de los conciertos, los azules grisáceos; mi camiseta blanca, un poco arrugada; mi chupa, desgastada después de tantos años; y mis botas, las que estrené pisando una mierda de perro, mi mierda.
Así pues, el ser humano despiadado, comparable un Otelo en la vida real, empezó a destrozar lo único que tenía, no era ni más ni menos que mi soledad en aquel momento. A mí me dio igual que me increpara, pues su pensamiento arcaico e irregular me ponía la polla gorda. Perdón, me daba igual.
Son esos momentos, en los que quieres estar solo, para bien o para mal, porque estás perdido o te quieres perder. Pero claro, no todos los seres humanos somos así, unos somos libres (o intentamos estar) y otros son como marionetas, títeres que son manejados por personas políticamente correctas a la vista de los demás.
Cuando conseguí escapar de aquel señor con bigote, puro y pañuelo en el bolsillo de su camisa, seguí mi camino hacia a ninguna parte. Jamás pensé que pudiera llegar a mi destino, entonces ninguna parte sería mi próximo camino, no sé si a la libertad, a la esclavitud o de nuevo al mundo gris.
Anocheció, y tuve que volver.
No volví, bueno sí. En realidad volví al mundo gris, pues no veía ningún abismo de ninguna parte por ningún lado, todavía no era la hora de olvidar la vida en la que vivo. Habría que trabajar mucho, rompiendo las cuerdas de las marionetas, dejar caer a los controladores al vacío, y volver… volver a correr.
Tropecé con el típico ser humano despreciable a más no poder. Yo llevaba mis vaqueros de los conciertos, los azules grisáceos; mi camiseta blanca, un poco arrugada; mi chupa, desgastada después de tantos años; y mis botas, las que estrené pisando una mierda de perro, mi mierda.
Así pues, el ser humano despiadado, comparable un Otelo en la vida real, empezó a destrozar lo único que tenía, no era ni más ni menos que mi soledad en aquel momento. A mí me dio igual que me increpara, pues su pensamiento arcaico e irregular me ponía la polla gorda. Perdón, me daba igual.
Son esos momentos, en los que quieres estar solo, para bien o para mal, porque estás perdido o te quieres perder. Pero claro, no todos los seres humanos somos así, unos somos libres (o intentamos estar) y otros son como marionetas, títeres que son manejados por personas políticamente correctas a la vista de los demás.
Cuando conseguí escapar de aquel señor con bigote, puro y pañuelo en el bolsillo de su camisa, seguí mi camino hacia a ninguna parte. Jamás pensé que pudiera llegar a mi destino, entonces ninguna parte sería mi próximo camino, no sé si a la libertad, a la esclavitud o de nuevo al mundo gris.
Anocheció, y tuve que volver.
No volví, bueno sí. En realidad volví al mundo gris, pues no veía ningún abismo de ninguna parte por ningún lado, todavía no era la hora de olvidar la vida en la que vivo. Habría que trabajar mucho, rompiendo las cuerdas de las marionetas, dejar caer a los controladores al vacío, y volver… volver a correr.
Volver a correr
rápidamente hacia el camino, nuestro camino, tu camino, el camino de la
excarcelación.
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